Me enfrasqué en la condena de buscarte entre clases. Una vez lo evité y apareciste justo cuando pensé en tu nombre. Y lo acepté. Ahora te espero los lunes, mientras mi profesor prende el computador y me ahogo entre los susurros de que.tan.lindo.es.él.idiota.de.turno. Te espero los martes mientras peleo con el profesor por la pronunciación de mi nombre, para que llegues con el sueño y las pestañas pegadas a echarte en un puesto a dormir. Y te espero los miércoles y los jueves al igual que los otros días anteriores, con ojeras escondidas producto del insomnio y el corrector, y los pensamientos malvados que me atormentan en la noche como boca de lobo ante su presa. Y los jueves y viernes mis esperanzas se abortan y se van pudriendo para poder pasar un sábado sosegado y un domingo infructuoso donde casi logro olvidar que te espero. Pero llega el lunes y todo comienza, y te vuelvo a esperar a que levantes la cabeza para no reconocernos, para disimular un hola y seguir entre clases y te espero después de clases mientras intento evadirme de preguntas en las ventanas completamente largas. Y se me acaba la mañana y apresuro los suspiros, me contengo paciente y sigo esperando…



